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CONCIENCIA Y ATENCIÓN

Introducción 

por Alfredo Marinelli

  

El trabajo con la atención entra dentro de todo trabajo sobre uno mismo. Éste es el terreno sobre el que se basan muchas cosas. Si no podemos reconocer la diferencia entre atención voluntaria y atención involuntaria, estamos viviendo en un mundo de sueños. La ciencia de la atención es difícilmente conocida en el mundo actual, y llegar a una real comprensión de esto toma mucho tiempo, una vez que hemos sido condicionados por la cultura contemporánea.

                                                          J.G. Bennett

Si se tuviera que generar una escala de jerarquía de las ideas y las prácticas de las enseñanzas de Gurdjieff, el trabajo sobre la atención sería una de las primeras. Nada es posible en el “Trabajo” sin la ciencia de la atención, ya que ningún trabajo puede realizarse en el sueño, se pueden realizar prácticas y ejercicios, pero mientras se realicen en el estado de atención unilateral, es decir en el estado de identificación y fascinación característica del mal llamado estado de vigilia, los mismos carecerán de “resultados” trascendentes. Los mejores esfuerzos y las mejores intenciones desencadenarán en un estado de impotencia y frustración si se realizan desde la atención unidireccional.

Toda posibilidad ulterior al estado ordinario generado por los distintos condicionamientos, como la mecanicidad, la sugestión y la ignorancia, va a depender de la capacidad para el estudio y el control de la atención.

Los cinco sentidos que nos conectan con el mundo externo funcionan sobre la base de la atención, por lo tanto, las distintas áreas de nuestro funcionamiento -llamadas en el Trabajo centros- ya sea el movimiento, la emoción o el intelecto, disponen de una atención específica que es direccionada por el evento en sí, atrapando nuestra atención, esto es atención involuntaria. También podemos colocar nuestra atención intencionalmente hacia un acontecimiento o hacia algo específico, esto es atención voluntaria, es prestar atención. En ambos casos, casi siempre, perdemos la capacidad de auto-percibirnos. Es en estas instancias en donde se genera la total ausencia de uno mismo, ya que se pierde el estado de presencia que le pertenece a todo ser humano. El resultado es que prácticamente dejamos de existir, debido a que dejamos de percibirnos como entidad.

Dentro de la capacidad perceptiva inherente de cada uno de los tres centros básicos se manifiestan distintos grados atencionales. Uno de ellos es comparable a la ausencia total de atención, ya que se caracteriza por una atención errante y divagante. Por ejemplo nuestro centro de movimiento puede realizar muchas acciones como manejar un automóvil y llevarnos al punto de destino sin percatarnos de lo que ocurrió en el trayecto. Frenamos, paramos en los semáforos, doblamos en los lugares precisos, y llegamos, pero con la total ausencia de uno mismo, nuestra existencia solo fue un flujo de imaginación o de hablar con uno mismo.

Otras veces nuestra atención es capturada por algo externo que es inquietante, desde algo banal como la trama de suspenso de una película hasta la resolución o decisión de un conflicto importante en la vida. Esta atención capturada exige plena atención, pero no exige ningún esfuerzo, es una atención atraída y retenida por el sujeto de la observación o de la reflexión, es un ensimismamiento con uno mismo que se caracteriza por una constante reactividad al medio, designado habitualmente con el nombre de “interés” o “entusiasmo”.

También ocurre que necesitemos solucionar algún problema, como así también aprender algo, como estudiar un idioma o sintetizar los conceptos de una investigación, por lo cual debemos esforzamos con una atención intencionalmente colocada en el hecho en sí. En estos casos la atención debe ser controlada y mantenida por la voluntad y la iniciativa.

No debemos confundir la atención particular de cada una de nuestras funciones con la atención requerida para la conexión y enriquecimiento de nuestro mundo interior. Es necesaria una atención desapegada independiente de cualquiera sea la condición externa, como también de las distintas actividades del pensamiento, la emoción o la sensación y que, por lo tanto, nos lleve a la consciencia.

Es muy común confundir la atención con el pensamiento, por ejemplo podemos pensar en nuestro cuerpo y el modo en que se mueve, podemos analizar nuestras emociones, podemos sentir los pensamientos que corren por nuestra mente, sin embargo, todo esto es la observación atencional del funcionamiento de un centro por parte de otro. No es una atención desapegada, es decir separada de eso que llegamos a llamar “nosotros mismos”

El estado de alerta, de darse cuenta, no es una introspección, sino que es dirigir la atención para “ver”, sin teorizaciones, comparaciones, ni interpretaciones, es decir sin realizar ninguna especulación sobre aquello que visualizamos atencionalmente.

Con la atención desapegada se puede vivir en presente lo que nos está pasando y lo que está aconteciendo a nuestro alrededor, comenzamos a ver nuestros mecanismos condicionados y como la parte que percibe no está condicionada, por lo tanto, afecta al condicionamiento, es similar a una llave que abre las puertas de la liberación y es el comienzo de un proceso, en donde el horizonte es halagüeño, gracias al vislumbre de la apertura de nuevas perspectivas en distintos planos y niveles de nuestro acontecer existencial.                                                                                      

Garín, Buenos Aires, 2024

Alfredo Marinelli

 

CONCIENCIA Y ATENCIÓN

por Rober S. de Ropp

La práctica de estar consciente es imposible sin el control de la atención. La atención es para la conciencia lo que el aceite para la llama de una lámpara. La llama persiste mientras hay aceite en la lámpara. Una vez que se acaba el aceite, se apaga la llama. El control de la atención es la única función poseída por el hombre que puede decirse le confiere cierto grado de elección. Él puede "dirigir su atención". Pero su poder para hacerlo depende de que posea cierta clase de energía cuya provisión es limitada. Cada día, al despertarse, tiene mucha de esta energía, igual que una batería después de ser cargada contiene mucho potencial eléctrico. Su trabajo interno depende cada día de la conservación de esta energía. Una vez que la ha gastado, es difícil reemplazarla.

El nivel de conciencia de un hombre puede medirse por la libertad con que dirige su atención. En el estado de identificación, no tiene "libertad para dirigir su atención". Cree que la tiene, pero ésta es una de las ilusiones que impone este estado.

En realidad, es un esclavo de cualquier cosa que llame su atención. "No podía dejar el libro." "No podía quitar los ojos del juego." "Estaba completamente sumergido en lo que estaba haciendo." Con estas y otras incontables frases, la gente describe la condición de identificación y la pérdida de libertad para dirigir la atención que esta condición impone. Una visión asombrosa o espectacular, una historia real o imaginaria, llama nuestra atención y nos absorbe en el proceso. Nuestro espacio interno está totalmente ocupado por el tema acerca del cual estamos leyendo, el espectáculo que estamos observando. No hay nada de voluntario en esta forma de atención. Estamos capturados como moscas en una telaraña, manipulados, dirigidos, encadenados. Observe las caras de la gente en las carreras, en el futbol, en las corridas de toros, en el boxeo, en cualquier espectáculo extravagante o brutal. Tras de esa cara no hay nada. Está vacía, es una máscara. La casa está abandonada.

Esto es atención esclavizada. En esta condición, el silencio interno y la conciencia pura se pierden y todo el campo de la conciencia es "ocupado por un enemigo victorioso". En el estado de atención esclavizada, la fuerza vital se disipa. La provisión de todo el día puede perderse en pocos momentos. 

No menos costosa, en términos de energía, es la atención dispersa, la atención que vaga por todo el campo de la conciencia, arrastrada ahora acá, ahora allá, "una pluma para cada viento que sopla". Voluble, débil, desenfrenada, cambia de color como camaleón, cambia de forma como Proteo. Los ojos vagan sin propósito, los oídos se agitan como las camisas en el tendedero. Impresiones diversas atraen la atención como un hueso atrae a los perros. Hay una ausencia total de estabilidad interna. Este estado agota la fuerza del organismo en lo que se refiere al poder para mantener la conciencia. El resultado es una condición como de trance, un estado de semi-hipnosis que bordea en lo patológico, pero que no es reconocida como tal por los psiquiatras porque la gran mayoría de la "gente bien" pasa su vida en este estado, inclusive los psiquiatras.

"Soñar despierto", "soñar hipnotizante", "soñar caminando", "identificación", son nombres diferentes para la misma cosa. En este estado, el hombre no sabe realmente quién es él, en dónde está, si es o por qué es: un durmiente que camina... Si el hombre pudiera estar consciente de su estado de sueño, ¡cuán ansiosa y urgentemente lucharía por despertar! Porque el soñar despierto es peligroso y triste. El soñar despierto es esclavitud e intranquilidad interna. El hombre habla sin parar acerca de la libertad, grita y se amotina, demanda congresos legislativos y derechos civiles. Todo en vano. Las cadenas son internas, la esclavitud es espiritual. El nombre del gran esclavizador es "identificación" y el resultado de su dominación es él "soñar despierto". 

Hemos hablado de "atención esclavizada" y "atención dispersa". Pero ¿cuál es la función de la atención dirigida? Un estudiante de medicina mira con atención su libro de anatomía. Cada hueso, cada músculo, cada vena, nervio, arteria, ligamento, tendón, debe ser fijado en la memoria con su nombre, función, localización; todo en su lugar, al menos lo suficientemente como para capacitarlo a verter esa información en las respuestas de una prueba. Nadie podría acusar a este pobre tipo de estar tan perdido en el tema que no puede dejar el libro. Marañas de terminología se enredan en su cerebro. El mismo se enreda en su silla. Una y otra vez su atención vaga, una y otra vez la arrastra de regreso. Nada le gustaría más que tirar el libro al cesto de la basura, encender la televisión, "perderse a sí mismo" en algún programa de violencia o estafas, o con las ridiculeces de un hombre chistoso acompañado de risas grabadas. Pero los exámenes están cerca. El miedo a fallar azota su látigo sobre él, la ambición le cuelga una zanahoria frente a la nariz. Así que regresa al libro y enfoca su cansada atención en el laberinto de tubos y poleas que es la anatomía humana. 

Eso es trabajar, no jugar. Eso es atención dirigida, no atención atraída.

¿Está él, por lo tanto, menos identificado por estar trabajando? ¿Es su estado de conciencia superior al del observador, el oyente, el lector, perdidos en su trance hipnótico ante el mago que teje sus hechizos, fantasías e ilusiones en una pantalla o fuera de ella? ¡Qué lástima! No opera ninguna ley que asegure que quien trabaja obtenga libertad interna por ello. ¡Si fuera así! Si el trabajo en sí fuera la liberación, todos los hombres hubieran obtenido desde hace mucho la condición de Cristos o de bodhisattvas. Nuestro estudiante de medicina hace uso de un mecanismo diferente del usado por el observador o por el oyente meramente pasivo. Como quiera que sea, está totalmente identificado, totalmente perdido en la tarea. Ha perdido la conciencia separada, la sensación de dualidad, de observador y observado. Está inmerso en el libro o inmerso en su molestia con el libro o inmerso en su deseo de una alternativa, una actividad más fácil, como encender la televisión y ser "entretenido".

La atención dirigida no hipnotiza o embrutece en la misma forma que lo hacen la atención esclavizada o dispersa. Pero no induce tampoco un despertar completo. Una persona que usa la atención dirigida puede estar aún más profundamente identificada con su tarea en turno. Su espacio interno está ocupado aún más completamente con cualquier cosa que esté haciendo. No tiene existencia aparte, no tiene ser real.

Sólo cuando aprende a separarse de la tarea en turno, a mantener un cierto hilo de conciencia que permanezca aparte del pensar, del sentir, empieza a obtener el gusto del tercer estado de conciencia. En este estado, él es, existe objetivamente por sí mismo, como existe un árbol, como existe una mesa, como existe un libro. Está consciente del cuarto dentro del cual está sentado, de sí mismo como uno de los objetos en ese cuarto, de su "espacio interno" y de su espacio externo, del cuarto, la casa, los alrededores, los planetas, los soles, no con detalles específicos sino como una totalidad, como una presencia. En esta condición, el ser no está separado, y la atención, aunque dirigida a lo que hace, es al mismo tiempo flexible y abierta, no rígida y estrecha.

Este sentir el yo, no como el yo sino meramente como uno de los objetos del medio ambiente, remueve de un solo golpe todos los miedos, todas las tensiones, todas las ansiedades. Una condición de fluctuación y quietud, una deliciosa ataraxia envuelve a aquel en quien tal condición ha sido inducida. Él está en armonía con Tao (la incondicionada, innombrable fuente de toda realidad). Su trabajo, como el del admirable cocinero del príncipe Hui, perfectamente acorde con los principios eternos, muestra un ritmo, un equilibrio interno. En ningún lado hay impaciencia o desarmonía. La cara que, en el estado de identificación, está tensa o estúpida, ahora reviste tranquilidad, priva ese aire que uno observa en los rostros de los bodhisattvas que meditan. 

Este vivir en la armonía con Tao, esta libertad interior, no se adquiere sin un largo y cuidadoso adiestramiento. Es un estado de equilibrio fisiológico y psicológico, aparentemente sin esfuerzo, pero mantenido por una vigilancia tan real como la que capacita al acróbata a mantener su equilibrio por encima de las cabezas del público. No hay tensión en esta vigilancia. Esta es flexible, penetrante, es un escudo invisible, un instrumento que, captura y aprisiona las impresiones antes que éstas puedan poner en movimiento la maquinaria interna.

La atención generalizada, separada del ego, ofrece a quien la emplea el poder de escoger las impresiones. Quien tiene un vigilante en la puerta puede escudriñar todo lo que trata de entrar, puede recibir las impresiones que escoja y rechazar el resto. No hay arte más importante que el de recibir impresiones, porque las impresiones del hombre son un alimento tan real como el pan diario.

Menos comprendido es el efecto de la "mala-absorción" de impresiones, el efecto de la "digestión" de impresiones en diferentes niveles de atención, la venenosa acción de cierto tipo de impresiones y el nutritivo efecto de otras. 

En lo que concierne a las impresiones, los instintos del hombre le sirven de poca guía. Una vaca o un caballo pastando en la pradera generalmente son avisados por el instinto para evitar las plantas venenosas, pero un hombre, cuyas impresiones lo alimentan tanto como el pan, no muestra tal discernimiento. Por el contrario, con frecuencia busca deliberadamente impresiones venenosas, obligado por algún perverso impulso a degradar su vida interna, ya suficientemente corrupta sin esto. La degenerada industria del "entretenimiento" no duda en tomar ventaja de este perverso gusto, vertiendo a través de sus diferentes medios una corriente de material más o menos patológico que los lectores, observadores, oyentes, absorben ansiosamente en su psique. 

El equilibrio, el balance, la armonía interna, la "creación de una isla que ningún diluvio pueda hundir"; todo esto puede lograrlo quien haya aprendido a manejar sus impresiones. Entre el momento en que una impresión entra y en el que se produce la reacción a esa impresión, pasa un tiempo tan corto que difícilmente puede ser medido por la conciencia ordinaria del hombre. Sin embargo, mucho puede depender de lo que suceda en ese breve intervalo. Si el vigilante está despierto, la impresión puede ser detenida, así como un ladrón puede ser arrestado por un policía alerta antes que pueda entrar en la casa a robar la plata. El golpe es recibido en el escudo, el choque es absorbido. No hay reacción mecánica que después sea resentida. 

Aceptar o rechazar, ésta es la base del trabajo interno que conduce a la creación de un ser verdaderamente libre. La salud del hombre, así como su desarrollo interno y su nivel de ser, dependen de cómo metabolice tanto sus impresiones como su alimento. La manera en que las impresiones sean metabolizadas depende del grado de atención y de la calidad de esa atención.

 Robert S. de Ropp

Desarrollado por Alfredo Marinelli para el blog “Gurdjieff y Ouspensky – Estudio e Investigación”. Fuente de información: “The Master Game” de Robert S. de Ropp.

EL ESTADO DE PRESENCIA

¿QUÉ ES ESTAR PRESENTE? 

   por Alfredo Marinelli

 

No puedo explicar ni describir qué es la «presencia», pero puedo decir que no es un estado exclusivamente mental. Está vinculado a mi existencia corporal, aquí y ahora, y sin embargo, no depende de ella. Es algo más que ser consciente de que uno existe; es como ser consciente de que existe un vínculo sustancial entre «yo» y «mí». Personalmente, estoy convencido de que este vínculo es lo que se entiende por «alma». La cuestión es que no podemos hacer nada acerca de nuestra alma, pero podemos hacer mucho con respecto a la presencia. Algunos de los ejercicios espirituales más importantes sirven para renovar y mantener el estado de presencia.

                                                                                                                                 J.G. Bennett

La palabra presencia ha sido atrapada en interpretaciones alejadas de su contexto original, su profundo significado ha sido reemplazado por interpretaciones superficiales y descontextualizadas, pasando a formar parte del vocabulario popular. La presencia es un estado interior específico que trasciende a una simple idea o concepto y es la resultante de una ardua práctica experimental. No obstante, en todo coloquio con connotaciones espirituales se suele hablar de la presencia como algo a lo que se puede tener acceso con solo mencionarlo, sugerirlo o quererlo.

 

Suponer qué es la presencia, no es el estado de presencia. Las suposiciones sobre los distintos estados del ser -como el estado de presencia- son subterfugios generados por la conceptualización o intelectualización de ideas, sin haber realizado las prácticas y los ejercicios necesarios para vivenciar el estado específico que la misma conlleva.

 

Muchos de los aspectos de la presencia, como sus bases, técnicas y ejercicios son descritos en la Meditación Budista “Vipassana”. En occidente se la conoce como “Mindfulness” o “Atención Plena”. Podemos consultar libros como “La práctica de la atención plena” de Jon Kabat-Zinn, "El Proceso de la Presencia" de Michael Brown, “El poder del Ahora” de Eckhart Tolle, o las enseñanzas de Thich Nhat Hanh y S.N. Goenka, entre las cuantiosas fuentes de información existentes en la actualidad.

 

Una de las formas de explicar el estado de presencia es trayendo a colación su opuesto, es decir el estado de ausencia. La ausencia es la pérdida de percepción de uno mismo, la cual es proyectada inconscientemente hacia algo. Esta pérdida de percepción es similar a lo que sucede cuando nos miramos en un espejo y confundimos la imagen reflejada con nosotros mismos. Este engaño es pocas veces reconocido, nos miramos en el espejo y creemos que esa imagen que vemos somos nosotros mismos.

 

Si consideramos a la percepción de uno mismo como nuestro “yo” y a éste como nuestro hogar, estamos obligados a admitir que muy pocas veces estamos en casa, lo cual significa la ausencia y negación de la capacidad legítima de auto-consciencia que diferencia al ser humano de los animales. G.I. Gurdjieff se dirigía a sus discípulos utilizando la siguiente frase: "Ustedes nunca están en casa", haciendo alusión a un carente estado de “presencia” en el existir cotidiano del ser humano.

 

Realizando una retrospectiva de nuestra vida, reflexionando y ahondado en el pasado, los recuerdos traen aparejada la aprehensión de que toda la existencia se parece más a un sueño que a una realidad, la escasa memoria, la sensación de vacío y el escaso significado de nuestras experiencias son consecuencias de que, por regla general, “no estuvimos nunca en casa”. La mayoría de las actividades las desempeñamos en una especie de trance profundo, y aunque podemos interactuar con las circunstancias, ya sea con personas o con cometidos, obrando razonablemente, pensando, y aun teniendo recuerdos de lo vivido, no advertimos que nuestra conciencia estuvo totalmente ausente. Este estado en la terminología del trabajo es denominado con el término de “identificación”, en donde la atención es de un solo sentido, con la característica de un ensimismamiento unilateral ya sea hacia uno mismo o hacia el exterior, sin una consciencia independiente, en donde prácticamente (y trágicamente) no existimos como entidad. Esta sensación de vacío existencial solo se puede soslayar con la escisión de la atención, en donde sea cuales sean las circunstancias, no se pierde la percepción de uno mismo.

 

El estado de presencia sólo puede definirse por la sensación y el sabor en sus momentos de manifestación, ya que da a la existencia un sentido de autenticidad, comenzando a vivir con nuevas perspectivas y recobrando la dignidad inherente a todo ser humano, en lugar de ser vividos por la maraña de estados internos y aconteceres que nos mantienen en un sueño profundo, un sueño absolutamente literal.

 

Como todo estado, es imposible de transmitir, y tiene la particularidad que lo podemos reconocer en nosotros mismos cuando lo tenemos, cuando no se lo tiene, no se puede reconocer que no se lo tiene, es sólo cuando vuelve que podemos darnos cuenta de su ausencia.

 

La llave de acceso a una vida más significativa es posible sólo a través de un despertar parcial dado por la práctica de acordarse de sí mismo, es decir de estar presente en el ahora y aquí, es allí donde es posible el estudio de uno mismo a través del conocimiento, desarrollo y armonización de nuestras funciones -tales como el pensamiento, el sentimiento y la sensación- desencadenando en la manifestación del ser con cualidades como la espontaneidad, la indagación y el asombro que jerarquizan la capacidad de experimentación. Sin embargo, el factor fundamental y de mayor trascendencia es la capacidad de accionar mediante actos volitivos libres de cualquier coacción.

 

Mientras esto no ocurra somos dependientes, ya que nuestra existencia está manejada y movida por distintos impulsos provenientes del exterior ante los cuales reaccionamos. Confundimos estos movimientos y reactividades con la verdadera voluntad, lo cual nos quita la posibilidad de experimentar la espontaneidad y el sabor inconfundible del libre albedrío, que trasciende el determinismo y en donde se puede elegir entre diferentes opciones.

 

Esta capacidad de elección consciente nos permite accionar en concordancia con los principios inherentes de nuestra vida interna, siendo la misma la desencadenante de todo hacer. Es el punto de inflexión donde podemos concretar nuestras intenciones, trascender nuestros instintos y deseos, auto-educarnos, y tener un accionar responsable hacia todo ser viviente y hacia la vida en sí, lo cual va más allá de los patrones condicionantes del egocentrismo.

J.G. Bennett lo define de la siguiente manera:

 El momento presente es toda la región de nuestra experiencia dentro de la cual somos capaces de hacer algo, es decir, donde nuestras acciones están conectadas con nuestros propósitos.  Fuera del momento presente tenemos que depender de algo externo para alcanzar una conexión. 

Si me voy fuera de mi momento presente, entonces habrá elementos desconocidos e imprevistos que pueden hacer que hasta las cosas más simples sean para mí imposibles de realizar. 

La forma realista de considerar el momento presente es verlo como el mundo de nuestra efectividad o capacidad. 

Ausencia y presencia son los dos atisbos a recordar para evaluar el estado del ser, siendo la presencia en definitiva, la que determina nuestra efectividad y nuestro verdadero tiempo de existencia en la vida.

Garín, Buenos Aires, 2024

Alfredo Marinelli

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¿CUÁL ES EL PUNTO DE "ESTAR PRESENTE"?

   por Robert S. de Ropp

 

La plena conciencia de mi propio ser me es dada sólo de vez en cuando. ¿Por qué? Porque, la mayor parte del tiempo, estoy perdido en la fantasía. Definitivamente, no estoy aquí ahora. Estoy divagando en el pasado o soñando con el futuro, o pensando en algo, especulando sobre algo, hablando con alguien que ni siquiera está ahí, imaginando, complaciendo. ¡Qué manera de vivir!

 

Pero también hay otra forma. Cada día, en cualquier momento y en cualquier lugar, es posible estar en el "ahora y aquí" sólo recordándolo. Con el AHORA llega la conciencia del tiempo y con el AQUÍ llega la conciencia del lugar.

 

Pero, ¿por qué molestarse? Porque "estar presente" evita la pérdida de energía vital del cuerpo; permite el desarrollo de un centro de atención interior y si es practicado por un tiempo suficiente, le infunde al individuo un sentido realista de identidad en lugar de una personalidad que es en gran medida imaginaria.

 

Cualquier persona puede experimentar el estado de presencia ahora mismo, sólo es necesaria una energía especial que nos da el poder de concentrar intencionalmente nuestra atención. Esta energía se genera en el cuerpo durante las horas de sueño. Nos despertamos con un cierto suministro, pero una vez que ese suministro se disipa, es difícil de reponer. No es tarea fácil evitar la disipación de nuestro suministro diario de energía. En cuanto nos despertamos por la mañana, nos asaltan sueños diurnos que sustituyen a los sueños nocturnos de los que acabamos de salir. Rara vez nos despertamos con una clara conciencia de nuestra propia presencia. En cambio, nos sumergimos en una corriente de pensamiento asociativo que probablemente continuará durante todo el día. Tan pronto como comienza esta ensoñación, nuestra energía se agota. Podemos perder todo nuestro suministro durante la primera hora del día. Por esta razón es necesario, tan pronto como nos despertemos, comenzar con ejercicios especiales calculando prevenir esta pérdida de la conciencia.

 

Esta energía permite observar objetivamente lo que ocurre y hace posible el estado de doble atención que es la base de la auto-observación para poder separarnos de las diversas manifestaciones de nuestras máquinas. Podemos observar, sin identificarnos, a nuestros pensamientos, movimientos y emociones. Mientras conservemos esta energía podemos observarnos a nosotros mismos y separarnos de las manifestaciones de nuestra máquina. Además, y sin perder el sentido de sí mismo, podemos percatarnos de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Una vez que dejamos que esta energía se disipe, prácticamente no podemos hacer nada, nos convertimos en juguetes de nuestras impresiones, nuestras emociones y nuestros sueños. 

 

Los ocasionales intentos de experimentar el estado de presencia, mejoran la calidad de vida, pero tienen poco impacto en la evolución personal. Una transformación ascendente del nivel de ser solo es posible cuando el estado de presencia se convierte en una forma de vida. Pero entonces, ¿por qué no? El estado de presencia significa estar verdaderamente vivo y ¿quién no quiere vivir la vida al máximo?

 

ESTAR – AHORA – AQUÍ son los tres componentes del ser

 

ESTAR representa la conciencia de la presencia, la conciencia no sólo de la respiración sino de todo el cuerpo, su postura, su estado de relajación o tensión, etc.


AHORA representa la conciencia del tiempo, de este momento particular en el flujo de los acontecimientos.

 

AQUÍ significa conciencia de lugar, donde uno está.

Presencia, tiempo y lugar son los tres componentes del ser. 


La Conciencia de estos tres es la característica esencial del estado llamado auto-recordación.


Robert S. de Ropp


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Desarrollado por Alfredo Marinelli para el blog "Gurdjieff y Ouspensky - Estudio e Investigación". Fuente de Información: “Self-Completion” de Robert S. de Ropp.