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LA CAÍDA DEL EGO

Comentario 
por Alfredo Marinelli

Las ideas de Gurdjieff conforman un todo coherente y sustancial en sí mismo, comparable a un organismo viviente, dentro del cual cada una de las partes se relaciona con todas las demás, y depende de ellas. 

Con estas palabras, Kenneth Walker en su libro “Enseñanza y Sistema de Gurdjieff” definía este aspecto significativo del conocimiento del “Cuarto Camino”, donde ninguna información está aislada y todo está relacionado. 


Podemos encontrar muchos aspectos de la enseñanza en distintos sistemas psicológicos/espirituales, tales como el Sufismo, el Budismo o el Cristianismo, entre otros. El estudio comparativo de estas partes aisladas de distintas disciplinas con las ideas de la enseñanza, es un elemento que ayuda a la comprensión, y a jerarquizar la valorización interna del “Trabajo”. 


En este sentido, Alan Watts manifestaba que: "Solo podemos comprender nuestra cultura a través del conocimiento, aún teórico, de comparación relacionado con otras culturas". De la misma manera en cierta etapa del "Trabajo" la similitud y confrontación con ideas provenientes de otras fuentes relacionadas con el proceso regenerativo y evolutivo del ser humano, nos va a otorgar cierta objetividad y claridad del nuestro, brindándonos nuevas perspectivas para el entendimiento y la comprensión.

 

Respondiendo a esta premisa he incluido en el blog este ensayo titulado “La caída del Ego”, el cual es un aspecto del proceso de transformación, en donde podemos encontrar un enfoque vivificante relacionado con la función de la “Personalidad”, la “Esencia” y la práctica de la “Consideración Externa”. La autora, Mariana Caplan, nos brinda un enfoque del proceso que es denominado, en la terminología del “Trabajo”, como: La correcta polarización de la personalidad.


Desde el punto de vista de la enseñanza, la personalidad es un tejido de recuerdos, pensamientos, emociones y sensaciones generados por las normas de conductas adquiridas en el curso de la vida, fomentadas por la educación, la cultura, la gente con la cual nos relacionamos, etc. En otras palabras, la personalidad es todo lo adquirido, y que erróneamente hemos llegado a llamar «yo»1. Mientras que la esencia es nuestro verdadero ser interno, es lo innato, lo propio, lo que el ser humano trae a esta vida.

 

Una de las ideas cosmológica de Gurdjieff, la cual podemos utilizar como marco hipotético referencial, dice que la personalidad existe en el tiempo y el espacio, por lo tanto, es transitoria, mientras que la esencia trasciende el tiempo y el espacio, por lo que es inmortal.

 

Nos encontramos en la situación actual, en donde si bien la esencia debe crecer, está imposibilitada de cualquier desarrollo, ya que permanece totalmente aislada por la coraza de una personalidad activa estructurada por el ego. La esencia en sí misma carece de los elementos para poder comunicarse, necesita de un instrumento transductor para estar en contacto con el mundo externo que nos llega a través de los cinco sentidos. Este instrumento es la personalidad, pero para que esto suceda debe desempeñar un rol pasivo y no activo, comenzando a cumplir la función mediadora que facilite la correcta manifestación e intercambio, a modo de puente, entre el mundo externo y el mundo interno del hombre. En su correcta polarización, la personalidad, deja de ser una entidad separada que usurpa las energías de la esencia, si no que ayuda al pleno crecimiento y formación de la misma.

 

Mediante el trabajo sobre la atención, aplicada a las técnicas y prácticas de auto-observación y auto-recordación, dejamos de colocar la sensación de yo en eso que llamamos “uno mismo”, comenzando a ver los pensamientos, sentimientos y acciones no como algo propio, sino perteneciente a la personalidad. Empezamos a adquirir la capacidad de separar la sensación de yo de todos nuestros estados, comprendiendo lo que significa el estado ordinario de identificación con uno mismo.

 

Con la aparición de esta nueva capacidad de discernimiento, vislumbrando lo que es verdadero y esencial de todo aquello adquirido, estamos transfiriendo nuestra identidad de la personalidad, que es erróneamente lo que creemos que somos, a la esencia, que es lo realmente somos

 

Al ir reconociendo paulatinamente los rasgos y características de la personalidad, especialmente la estructurada por el ego, denominada "falsa personalidad", la cual está sustentada en el amor propio (orgullo y vanidad) como base de su existencia y percibiéndose como algo separado del resto, solo circunscrito a sus deseos personales, comienza un proceso de aceptación y tolerancia de uno mismo, que en medida proporcional hace posible aceptar y tolerar a los demás.

 

Esto solo es posible cuando la sensación de yo trasciende su anclaje en el ego y “algo” comienza a percibirse en uno mismo más allá del yo habitual, propiciando a la esencia las condiciones adecuadas para que aflore uno de los atributos de la esencia que es la humildad, uno de los pocos “antídotos” para contrarrestar al ego.

 

La humildad no puede ejercitarse como es el caso de la sinceridad o la honestidad, entre otros valores, es un impulso específico que para que se manifieste hay que brindarle las condiciones necesarias. Todo intento de querer ser humilde resulta en una humildad falsa y fingida, siempre va a ser un disfraz, encontrando el ego mediante el orgullo y la vanidad, una forma más de regocijarse.

 

Recién en este proceso el hombre puede comenzar fehacientemente la práctica de la "consideración externa" hacia sí mismo y hacia los demás, en donde la solidaridad en todas sus manifestaciones se hace presente, acercándose cada vez más a la posibilidad de poder cumplir el precepto fundamental del cristianismo de “Amar al prójimo como a sí mismo”.

 1 La persona en la Grecia antigua era una máscara, una parte indispensable en el equipo de un actor, eliminando de sus representaciones el "elemento del yo". Por un curioso cambio de valor semántico, la palabra "personal", que se deriva de persona, ha llegado a tener el significado de "yo" o de "aquello que está íntimamente asociado con el yo". En el sistema gurdjieffiano, en las enseñanzas de Carl G. Jung y en la clasificación de los temperamentos de William Sheldon, a la palabra "persona" o "personalidad" se le da el significado de "algo que no pertenece a uno", sino de "algo puesto encima de, adquirido, algo no esencialmente propio de uno".  Robert S. de Ropp.


* * *
La Caída del Ego 
por Mariana Caplan 

Más allá de la fuerza o debilidad del ego, una cosa es segura, ¡está para quedarse! Las nociones de espiritualidad oriental sobre la trascendencia o la muerte del ego son, no sólo malinterpretadas por los aspirantes espirituales occidentales, sino también poco aplicables a sus necesidades reales. El ego occidental es tan complejo, ultra-autónomo y super desarrollado que, ni va a morir, ni tan siquiera caerá sin una gran batalla. Puedes ver el poder y la grandiosidad del ego occidental mirando cualquier gran ciudad de occidente, o su influencia en cualquier ciudad del planeta. El ego occidental mira hacia dentro como Las Vegas mira hacia fuera, es tan probable que el ego baje su espada como que los casinos en Las Vegas donen la mitad de sus ingresos a la caridad.

Cuando los occidentales, sobre todo los buscadores hiper-entusiastas, quedan atrapados en la idea de la muerte del ego, suelen pasar por un periodo de grandiosidad espiritual. Pregonarán, por dentro o por fuera, dependiendo del grado de elegancia que tenga el momento, sobre el hecho de ser "nadie" o "nada". Escribirán sus nombres en letra pequeña durante un tiempo o, aún peor, empezarán a referirse a ellos mismos como el "cuerpo mente" o "este cuerpo". Actos presuntuosos como estos representan un gran malentendido sobre la magnitud de la tarea de pedirle al ego que ocupe un segundo lugar, y aún más, de que cometa harakiri.

Cuando la filosofía oriental auténtica se refiere a "matar el ego", tan sólo se refiere a que su autonomía por encima del Ser verdadero muere, o que nuestra identificación con el ego, nuestra creencia de que él somos nosotros, muere. De buen seguro, no debemos pensar que cuando los grandes santos del este hablan de la muerte del ego, no son conscientes de su aún existente personalidad. Están profundamente familiarizados con la magnitud de su propia humanidad, lo cual incluye su personalidad basada en el ego. De hecho, es su conciencia acerca de la persistencia del ego y su resistencia a la sumisión lo que convierte al santo o al maestro en completamente compasivo y capaz de ayudar a otros en la comprensión del dominio del ego en sus vidas.
 
Ya que el ego no va a ir a ningún sitio, nuestra tarea abarca dos ámbitos: en primer lugar debemos aprender a desidentificarnos del ego. En este proceso de desidentificación, el ego se vuelve esclavo de la mente en lugar de su maestro. El ego se convierte en el pasajero en el tren de la conciencia humana en lugar de ser su conductor. La desidentificación ocurre cuando, por algún rayo de suerte o gracia, o a través de una práctica diligente y mortalmente honesta de auto-observación a lo largo de muchos años, somos capaces de salir suficientemente del ego como para ver objetivamente la dinámica de su funcionamiento. En estos momentos, y hasta el extremo en que podemos alargar estas situaciones de forma que nos permita experimentar periodos más largos de acción libre de los dictados del ego, experimentamos un proceso de desidentificación en el cual nos conocemos como algo distinto de la identidad egoica que ha estado dirigiéndonos durante toda nuestra vida.
 
Lo que ganamos es la posibilidad de, lo que podrían ser, los primeros momentos de espontaneidad que hemos tenido en nuestras vidas, a pesar de la idea sobre nosotros mismos como individuos "espontáneos" y "libres". O podemos quizá experimentar un sentimiento real, aunque nos hemos imaginado a nosotros mismos llenos de sentimientos únicos y reales desde siempre, ya que a través de la desidentificación nos volvemos presentes a la realidad de una forma dinámica. Sin embargo, debemos tener en cuenta con humildad, que para la gran mayoría de nosotros los mortales, la desidentificación sólo sucederá durante determinados momentos, y que una completa y continua desidentificación (referida por muchos como "iluminación"), es sólo algo a ser reivindicado, si es que alguna vez lo es, con el mayor cuidado y humildad. En lugar de esto, experimentaremos momentos de desidentificación en los cuales tendremos disponibles una visión clara. Podemos utilizar esta visión, para hacer elecciones que informarán y afectarán positivamente nuestras vidas cuando, de nuevo, y normalmente muy rápido, nos encontremos operando desde las limitantes cadenas de la identificación con el ego.
 
Con la desidentificación como una posibilidad deseada, la segunda tarea es aprender a vivir con el ego e incluso amigarse con él y abrazarlo. El hecho de que no nos amiguemos con el ego aparecía en el slogan de una camiseta que me dieron una vez, decía: "no necesitas enemigos, ¡te tienes a ti mismo!". Debemos aprender a "amar al enemigo como a uno mismo", porque nuestro verdadero enemigo somos nosotros mismos y continuamos siéndolo hasta que aprendemos a hacernos amigo del ego.
 
A pesar de que de forma cotidiana estamos completamente identificados con nuestro ego, también estamos en continua batalla con él. El alma suplica salir de los límites de la personalidad, mientras el ego permanece armado, custodiando cada esquina de nuestra psique. Esta batalla se libra en nuestro interior, normalmente de forma inconsciente, mientras tratamos de vivir vidas cotidianas y felices. No habrá una paz duradera hasta que nos conozcamos a nosotros mismos y nos hayamos aceptado hasta el punto de dar la bienvenida a aquello que percibimos como la causa de nuestra perdición. Para hacernos amigos del ego debemos dirigirnos directamente hacia los aspectos de nosotros mismos que suponen nuestros mayores fracasos, los aspectos más heridos, decrépitos y feos, y cogerlos internamente en nuestros brazos, mecerlos hasta devolverlos a la unidad, hasta que la fuerza vital regresa a ellos.
 
Al principio, debemos aproximarnos a nosotros mismos con la más diminuta voluntad de ver algo que nunca hemos querido ver sobre nosotros mismos y poner nuestra intención, con todo nuestro corazón, en tolerar esta visión durante el mayor número de momentos que seamos capaces sin que salgamos despavoridos o sin que busquemos alguna distracción interna o externa. Solamente procediendo de esta forma, durante tanto tiempo como sea necesario, meses, décadas, vidas, comenzamos a permitir de una forma más fácil que estos aspectos coexistan con nuestra autoimagen basada en el ego. Por el camino de la coexistencia con el ego, aparecen los principios de la aceptación, y eventualmente, se desarrolla una amistad. Hacerse amigo del ego es como aprender a vivir, e incluso a amar, al compañero de piso o familiar al que juraste que odiarías para siempre. El tiempo y las experiencias compartidas crean primero, tolerancia y después amor. El tiempo empleado viendo al ego con claridad, después aprendiendo a cohabitar con nuestra visión de él, y, finalmente, aceptándolo incluso hasta el punto de ser capaces de reírnos de nuestros propios horrores, nos permite, a la larga, hacernos amigos de nuestro enemigo interno.
 
El beneficio secreto de hacerse amigo del ego, lo cual es otro fracaso del ego convertido en éxito, es que con ello nos hacemos amigos de todos los egos. Lo que creemos ser nuestro propio ego personal, es de hecho "El Ego", el mismo ego que existe en todas las entidades vivas, comenzando con los seres humanos y extendiéndose a las ciudades, culturas y países. El Ego toma rasgos de carácter específicos dependiendo del individuo o de la cultura en la que se encuentra, pero es exactamente el mismo mecanismo y opera de la misma forma en todas las cosas. La única diferencia es su humor o sabor. Por tanto, cuando nos hacemos amigos de nuestro propio ego, lo que es sólo una forma técnica y sofisticada de decir que llegamos a una profunda paz y aceptación con nosotros mismos, este proceso automáticamente se extiende al resto de la humanidad. Dejamos de resistirnos y de estar resentidos con otros por rasgos de carácter que son de origen mecánico, comprendemos como funcionan los seres humanos, y a través de nuestra lucha por minimizar el dominio del ego sobre nosotros, comprendemos lo difícil que es para otros comportarse distinto en un momento dado, mucho menos realizar un cambio genuino y duradero. Por lo tanto, nuestra tolerancia y aceptación hacia los demás se expande en proporción al grado de nuestra propia auto-tolerancia y auto-aceptación.


Extractado por Alfredo Marinelli para el blog: "Gurdjieff y Ouspensky - Estudio e Investigación".
Fuente de Información: Mariana Caplan  - “The Way of Failure”. 

ENFERMEDADES ESPIRITUALES

En este estudio realizado por Mariana Caplan se profundiza la forma en que nuestros puntos de vista, perspectivas y experiencias, se infectan de contaminantes conceptuales y/o emocionales, siendo afectados de una forma invisible, al igual que con una enfermedad. Si bien las enfermedades de diagnóstico físico generan síntomas en el paciente que le impelen acudir a un especialista, en el caso de las enfermedades espirituales, la mayoría de las veces, los síntomas no son percibidos, por lo que la enfermedad puede seguir su desarrollo y convivencia con la estructura psicológica de la persona durante su proceso espiritual.

 Uno de los medios para sanarse, o aún mejor, evitar estas enfermedades, es estar informado, ya que el ego está siempre al acecho, esperando que “nuestras defensas” estén bajas para inyectarnos algún tipo de “infección” y así justificar su existencia.

 Las siguientes categorías de engaños psicológicos, amalgamados con la entrada del Blog “8 Trampas del PseudoTrabajo”, forman un cuadro útil para percibir las sutiles y difíciles desviaciones, no solo como un espejo generador de discernimiento de la veracidad del propio proceso interno, sino también como una visión general de la pseudo espiritualidad actual.

Cualquier emprendedor realista, que transite los senderos de la espiritualidad, se prepara para confrontar las enfermedades espirituales o trampas. Esto involucra conocer en qué consisten, saber detectar si se ha caído en ellas, y saber cómo salir de las mismas.

                                                                                                            Alfredo Marinelli

ENFERMEDADES ESPIRITUALES   por Mariana Caplan  

Muchas personas profundamente comprometidas con el viaje espiritual tropiezan, a lo largo de su vida, con versiones diferentes de la enfermedad espiritual. Y es que, por más sinceras que sean nuestras intenciones, nuestra cultura se halla tan enferma que, independientemente de la profundidad de nuestra comprensión espiritual, la mayoría vivimos de un modo relativamente desequilibrado. El riesgo de contraer una enfermedad espiritual es, aun entre quienes han dedicado su vida a la transformación, tan probable como el de contagiarse de gripe.

 Cualquiera puede caer presa de las enfermedades de transmisión espiritual sin que haya, para ellas, antídoto conocido. La mayoría no opera aisladamente, sino en relación con otras enfermedades. La debilidad de nuestro sistema inmunitario -inevitable, por otra parte, en una cultura que soslaya la importancia del discernimiento espiritual- acaba propiciando, más pronto o más tarde, la aparición de una o más de estas enfermedades.

 Mientras no cobremos consciencia de las enfermedades que padecemos, para poder así curarnos y recuperar la salud espiritual, debemos permanecer muy atentos para no acabar imponiéndonos, a nosotros y a los demás, etiquetas y categorías excesivamente estrictas.                

1. Espiritualidad "Fast-Food": Mezcla de la espiritualidad con la cultura que celebra la velocidad, el multitasking y la satisfacción de deseos instantánea, nos aboca necesariamente a una espiritualidad tipo comida rápida. Son muchos los libros, movimientos y maestros espirituales que prometen a sus lectores y a sus seguidores demasiadas cosas a cambio de muy poco. Libros tan populares como el “Manual de la Iluminación para Holgazanes”, sugieren la posibilidad de iluminarse sin realizar el menor esfuerzo.

La espiritualidad tipo comida rápida es un producto de la creencia, de que el alivio del sufrimiento inherente a la condición humana puede ser sencillo y rápido. Si algo está claro es que la transformación espiritual no es sencilla y no puede suceder rápidamente.

2. Espiritualidad Falsa: 
La espiritualidad falsa es la tendencia de hablar, vestirse y actuar como creemos que una persona espiritual lo haría. Es una forma de imitación espiritual que intenta copiar la realización espiritual, de la misma forma que una tela de manchas de leopardo imita la piel genuina de un leopardo.

Se manifiesta cuando el ego se apropia de verdades espirituales y cree en la posibilidad de acceder a estados elevados de conciencia, imitando externamente el aspecto y la conducta que supone que caracterizan a las personas iluminadas. Y es que, del mismo modo que el niño juega a ser bombero tomando la manguera del jardín o que la niña remeda a su madre colocándose sus zapatos de tacón y maquillándose, el adulto humano se disfraza, en un intento de emular la conducta de las personas supuestamente espirituales, con algún tipo de ropaje espiritual. Luego asiste a acontecimientos espirituales y, de un modo tan sencillo, cree haber accedido a las enseñanzas de la sabiduría perenne de los místicos de todos los tiempos, sin necesidad de emprender el trabajo real necesario para experimentar el arduo y profundo proceso de transformación interior.

3. Motivaciones Confusas: 
Ésta es una enfermedad que hunde sus raíces en la motivación que nos lleva a emprender el camino espiritual. Y es que, por más auténtico y puro que sea nuestro deseo de crecer, a menudo se entremezcla con motivaciones no tan puras, como el deseo de ser amado, el deseo de pertenencia, la necesidad de llenar nuestro vacío interior, la creencia de que el camino espiritual acabará con nuestro sufrimiento y la ambición espiritual, es decir, el deseo de ser especial, de ser el mejor, de ser "el elegido".

Aunque la confusión resulte inevitable cuando, por vez primera, nos embarcamos en el camino espiritual, si nuestra práctica espiritual no pone finalmente de relieve las fuerzas que inconscientemente estén operando, puede acabar provocando una enfermedad. En tal caso, podemos sucumbir al impulso de satisfacer nuestras necesidades psicológicas de aceptación, significado y singularidad, soslayando las posibilidades más profundas que nos brinda la vida espiritual. Pero, en tal caso, no lograremos satisfacer nuestras expectativas y, en lugar de entender el fracaso percibido como un aspecto del camino, culparemos a Dios, a nuestro maestro o al camino y acabaremos decepcionándonos del desarrollo espiritual.

4. Identificación con las Experiencias Espirituales: 
En esta enfermedad, el ego se identifica con las experiencias espirituales y, tomándolas como algo propio, empieza a considerarse -en una forma de inflación del ego- artífice de las comprensiones que, en ocasiones, afloran en su interior. En la mayoría de los casos, las experiencias no duran indefinidamente, aunque en algunos dure por un período más largo por el hecho de que se creen iluminados, o que deben de funcionar como maestros espirituales. Hay veces en que la identificación con las experiencias espirituales es tan profunda que uno acaba perdiéndose.

«La iluminación súbita del satori es un concepto sumamente resbaladizo», escribió el autor húngaro Arthur Koestler.  En la mayoría de los casos y, a pesar de nuestro esfuerzo por aferrarnos a ellas y de mantenerlas, las experiencias místicas acaban desvaneciéndose. Si combinamos esto con las humillantes realidades del cuerpo, la enfermedad y las relaciones humanas, acabamos descubriendo que las experiencias místicas son, en esencia, simples experiencias.

5. El Ego Espiritualizado: Esta enfermedad se presenta cuando la estructura de la personalidad egoica se confunde con conceptos e ideas espirituales, provocando como resultado una estructura egoica “a prueba de balas”. Cuando el ego se espiritualiza, nos volvemos invulnerables a cualquier tipo de ayuda, a nueva información, o a una crítica constructiva. Entonces es cuando, en nombre de una supuesta espiritualidad, nuestro desarrollo espiritual se atrofia y acabamos convirtiéndonos en seres humanos impenetrables. El ego espiritualizado se manifiesta entonces en modalidades, que abarcan el amplio abanico que va desde lo sutil hasta lo extremo, que echa mano de conceptos, ideales y prácticas espirituales para eludir la autenticidad y vulnerabilidad ante las circunstancias de la vida.

6. Producción en Masa de Maestros Espirituales: Muchas tradiciones espirituales modernas llevan a la gente a creer, que se encuentran en un nivel de desarrollo o iluminación espiritual que se halla muy lejos de la realidad.

Son muchos, tanto en Oriente como en Occidente, los maestros espirituales mediocres que enseñan a sus sinceros discípulos niveles bastante menos que óptimos. Ésta es una enfermedad que opera como una especie de producción en serie de la espiritualidad: ¡Ten esta experiencia, logra esa comprensión y estarás iluminado!… y en condiciones, según parece, de iluminar a otros del mismo modo..

El problema no es lo que esos maestros enseñan, sino el hecho de que se presentan como si hubiesen alcanzado el dominio espiritual. Esa es una creencia prematura que no sólo frustra la evolución del maestro, sino que también transmite, en sus discípulos, una imagen muy limitada del desarrollo espiritual.

7. Orgullo Espiritual: 
El orgullo espiritual aparece cuando el practicante, después de años de laborioso esfuerzo, alcanza cierto grado de sabiduría que utiliza para justificar su desconexión de cualquier experiencia adicional. Resulta tentador que, en lugar de permanecer continuamente abiertos a un conocimiento más profundo, nos durmamos en los laureles del logro espiritual. El maestro budista tibetano Chogyam Trungpa Rinpoche consideraba el orgullo espiritual como uno de los obstáculos más difíciles de superar. Ese era, en su opinión, un problema que frustraba el desarrollo tanto de los maestros espirituales (llevándoles a creer que habían llegado al final del camino) como de los practicantes avanzados (haciéndoles creer que se hallan en un estado muy superior al de sus compañeros más jóvenes).

La sensación de "superioridad espiritual", que consiste en sentir que "yo soy mejor y más sabio que los demás y, como soy espiritual, estoy por encima de ellos", es otro de los síntomas característicos de esta enfermedad de transmisión espiritual. El síntoma mental de esta enfermedad incluye la creencia de que se conoce de realmente el ego, la conciencia y la espiritualidad. Y, entre sus manifestaciones físicas, cabe destacar la sensación de distanciamiento, la mirada de aprobación cuando los demás están hablando de cuestiones espirituales y la necesidad de afirmar, en la conversación, la superioridad de nuestro conocimiento espiritual

8. Mente de Grupo: 
También descrita como pensamiento de grupo, mentalidad sectaria o enfermedad del ashram. La mente grupal es un virus insidioso y oculto que contiene muchos de los elementos de codependencia tradicional. Se trata de una enfermedad en la que un grupo espiritual, se pone sutil e inconscientemente de acuerdo en el modo adecuado de pensar, hablar, vestirse y actuar.

Las intenciones compartidas relativas a la práctica y el protocolo resultan invisibles y el establecimiento de acuerdos homogeneiza al grupo, proporcionándole un nivel de seguridad psicológica que tiene muy poco que ver con las aspiraciones compartidas del desarrollo espiritual. Los individuos y grupos afectados por la "mentalidad de grupo" rechazan a los individuos, actitudes y circunstancias que no se adaptan a sus reglas, a menudo implícitas a las que se somete el grupo en colectivo.

No hay grupo, independientemente de su grado de desarrollo, que no incluya, como parte de su estructura, aspectos de esta dinámica sectaria enfermiza. Y uno de los indicadores más claros de esta enfermedad es la negación o ignorancia de esa dinámica. El sectarismo y el pensamiento de grupo son inevitables correlatos del psiquismo humano. Y aunque, en algunos casos, sus consecuencias sean leves en otras, no obstante, resultan letales. Recordemos, en este sentido, los suicidios colectivos de Jonestown y de la secta Puertas del Cielo.

 9. El Complejo de los Elegidos: Una enfermedad espiritual relacionada con la anterior, aunque con el toque añadido del orgullo espiritual, es el complejo de persona elegida. Se trata de una enfermedad que se halla presente en todos los grupos espirituales y se expresa en la creencia de que “nuestro grupo es espiritualmente más poderoso, evolucionado, iluminado o, simplemente, mejor que cualquier otro grupo”.

Y esta conclusión suele ir acompañada de la idea de que "nuestro maestro es el más grande de todos los maestros" y otras creencias tales como "jamás (en toda la evolución de la humanidad) ha habido un grupo como el nuestro" o de que "nuestro grupo es el más importante y valioso para la salvación de la humanidad".

Esta enfermedad suele derivarse de una tendencia psicológica profunda e inconsciente de impotencia, de falta de amor y de inmaterialidad que lleva a maestros y a discípulos a creer que su camino no sólo es el mejor para ellos, sino el mejor de todos los caminos posibles. Existe una importante diferencia entre el reconocimiento de haber encontrado el camino, el maestro o la comunidad más adecuados para uno y el de haber encontrado el verdadero y único camino, la misma diferencia, en suma, que existe entre afirmar “mi esposa/esposo es la mejor pareja del mundo para mí” y decir que “mi esposa/esposo es la mejor de todas”.

También es muy habitual que las personas reafirmen su sensación de valía psicológica, creyendo que su asociación con un maestro poderoso o iluminado les confiere, de algún modo, poder o iluminación, un fenómeno conocido con el nombre de “culto a la personalidad”. Es como esos padres que se identifican desproporcionadamente con la belleza o los logros de sus hijos, como si las cualidades o acciones en cuestión no fuesen de sus hijos, sino suyas propias.

10. Supervivencia del Ego basada en la Ilusión de Separación: Una de las enfermedades de transmisión espiritual más sutiles e insidiosas -y que llega a afectar a la inmensa mayoría de la población de aspirantes espirituales del mundo- es la creencia de que la espiritualidad tiene que ver conmigo, es decir, que yo estoy estudiando, que yo estoy llevando a cabo prácticas, servicio y esforzándome en sentirme bien, ser más feliz y convertirme en una mejor persona.

La falacia básica implícita en este error gira en torno a la creencia en el "yo". El "yo" con el que casi todo ser humano se identifica es un constructo psicológico creado para sobrevivir, pero nos hemos identificado tanto con él que hemos acabado creyendo que somos el yo.

Los místicos de todas las tradiciones han afirmado que "Dios es Uno" y que "Tú eres Eso". Y, aunque todos los seres humanos sepan eso intuitivamente y muchos lo hayan llegado a experimentar por sí mismos, la creencia de que somos seres separados se mantiene durante toda la vida.

Este malentendido básico de nuestra identidad verdadera no sólo es el problema fundamental al que se enfrentan todos los aspirantes espirituales, sino el fundamento mismo de todas las enfermedades de transmisión espiritual. La inquebrantable certeza de que "yo soy quien creo ser" -que tiende a ser tan fuerte entre quienes entienden intelectualmente este concepto como entre quienes no lo entienden- es tan virulenta que tiñe toda nuestra práctica espiritual, desde el servicio hasta la meditación y el ritual.

La mayoría nos pasamos nuestra vida en el camino sumidos en esta enfermedad integrada en nuestra conciencia. Se trata de una enfermedad de trasmisión espiritual -quizá la más difícil de erradicar de todas ellas- que afecta tanto a maestros como a discípulos, movimientos religiosos y tradiciones espirituales.

11. El Virus Mortal: 
"YA HE LLEGADO": Existe una enfermedad letal para el progreso espiritual, que es la creencia de que "ya hemos llegado" a la meta del camino espiritual. Cuando esa creencia se asienta en el psiquismo, acaba todo posible avance espiritual. Y es que, en el mismo instante en que creemos haber llegado al final del camino, concluye todo posible desarrollo. Y no olvidemos que, cuando no seguimos avanzando, acabamos retrocediendo.

La enfermedad de creer que ya hemos llegado -conocida también como la afirmación prematura de iluminación, enfermedad zen o complejo mesiánico- es la mejor documentada dentro de las tradiciones espirituales y religiosas.

En su libro El corazón del yoga, T.K.V. Desikachar explica que: «El mayor de los obstáculos consiste en creer saberlo todo. Suponemos que hemos llegado al final y que hemos visto la verdad cuando lo único que, en realidad, ha ocurrido es que hemos experimentado un período de calma que nos lleva a decir ¡Esto era lo que siempre estaba buscando! ¡Finalmente lo he encontrado! ¡Ya lo he conseguido! Pero lo cierto es que la sensación de haber alcanzado el peldaño más elevado de la escalera no es más que una ilusión».

La tragedia es que esta enfermedad puede acabar infectando a la gente de un modo que deteriora gravemente su amor a la verdad. Es mucho el daño provocado por maestros espirituales poderosos, populares y carismáticos que, pese a tener una comprensión muy profunda, han perdido la humildad y, al no darse cuenta de lo mucho que ignoran, sólo enseñan prácticas y verdades a medias. Y estos casos despiertan muy a menudo, cuando las supuestas "verdades" se revelan falsas, un profundo sentimiento de traición, amén de resultar muy difíciles de curar. Son muchos, de hecho, los aspirantes espirituales sinceros que, después de haber sufrido los efectos de alguien aquejado del virus "yo ya he llegado", jamás acaban de recuperarse lo suficiente como para confiar en otro maestro.

Lo que no resulta tan sencillo es descubrir y admitir al pequeño mesías que hay dentro de cada uno de nosotros. Me refiero a esa pequeña voz que, contra toda evidencia e incluso contra la claridad de nuestra propia conciencia, insiste en que realmente sabemos lo que está ocurriendo, en que somos algo más sabios que los demás, en que nuestro juicio es objetivo y en que nuestra visión es exacta y verdadera. Esto, a decir verdad, es algo que, en alguna que otra ocasión, muchos hemos experimentado... pero, ¿seríamos tan honestos como para admitirlo?

Extractado por Alfredo Marinelli para el blog: "Gurdjieff y Ouspensky - Estudio e Investigación". Fuente de Información “Eyes Wide Open: Cultivating Discernment on the Spiritual Path".