El desarrollo espiritual es un arduo y largo viaje,
una aventura a través de territorios extraños llenos de sorpresas, alegrías y
belleza, dificultades y también peligros. Implica el despertar de
potencialidades hasta entonces dormidas, la apertura de la consciencia a nuevos
campos, una drástica transformación de los elementos “normales” de la
personalidad, y un funcionamiento conforme a una nueva dimensión.
Utilizo el término “espiritual” en su connotación más
amplia, y siempre referida a la experiencia humana empíricamente observable. En
este sentido, “espiritual” abarca no sólo las experiencias tradicionalmente
consideradas como religiosas, sino también todos los estados de consciencia,
todas las funciones y actividades humanas que tienen como denominador común el
poseer valores superiores a la media: valores como los éticos, estéticos,
heroicos, humanitarios y altruistas.
En la Psicosíntesis, consideramos que dichas
experiencias de valores superiores proceden de niveles supraconscientes del ser
humano. El supraconsciente puede conceptualizarse como la contrapartida
superior del inconsciente inferior, tan bien cartografiado por Freud y sus
sucesores. Sirviendo de centro superior unificador del supraconsciente y del
individuo como un todo se encuentra el Yo transpersonal o Yo Superior. Así
pues, las experiencias espirituales pueden limitarse al terreno del
supraconsciente o incluir la toma de consciencia de este Yo, que gradualmente
desemboca en la autorrealización: la identificación del “yo” con el Yo
transpersonal.
No nos podemos sorprender de encontrarnos con que una
transformación tan esencial esté marcada por varias fases críticas, que pueden
ser acompañadas por diversas perturbaciones mentales, emocionales, e incluso
físicas. Desde el enfoque terapéutico éstas pueden parecer de la misma
naturaleza que las debidas a causas más habituales. Pero de hecho tienen otra
función y otro significado, y requieren ser tratadas de manera diferente.
La incidencia de las perturbaciones de origen
espiritual está creciendo rápidamente hoy día, a medida que un creciente número
de personas se empieza a encaminar, consciente o inconscientemente, hacia una
vida más plena. Por otra parte, el mayor desarrollo y complejidad de la
personalidad del ser humano actual y su mente cada vez más crítica, han hecho
que el desarrollo espiritual sea más rico, más gratificante, pero también lo ha
convertido en un proceso más difícil y complicado. En el pasado, bastaba
frecuentemente con una conversión moral, la devoción de corazón a un maestro o
a un salvador, o la entrega a Dios, para abrir las puertas de acceso a niveles
superiores de consciencia y a un sentimiento de unidad y de plenitud internas.
Actualmente, sin embargo, se hallan implicados aspectos demasiado diversos y
complejos de la personalidad del ser humano contemporáneo, que requieren ser
armonizados entre sí y transmutados: sus acciones básicas, sus emociones y
sentimientos, su imaginación creativa, su mente curiosa, su voluntad enérgica,
y también sus relaciones interpersonales y sociales.
Por estas razones es útil tener una descripción
general de las perturbaciones que pueden surgir en fases diferentes del
desarrollo espiritual, así como algunas indicaciones sobre la mejor manera de
enfrentarse a ellas. En este proceso reconocemos cuatro etapas o fases
críticas:
-Las crisis que preceden al despertar espiritual.
-Las crisis causadas por el despertar espiritual.
-Las reacciones posteriores al despertar espiritual.
-Las fases del proceso de transmutación.
He utilizado la expresión simbólica “despertar” porque
ésta sugiere claramente la toma de consciencia de un nuevo campo de
experiencia, la apertura de los ojos hasta entonces cerrados a una realidad
interna previamente desconocida.
LAS CRISIS QUE PRECEDEN AL DESPERTAR ESPIRITUAL
Con objeto de comprender mejor las experiencias que
suelen preceder al despertar, debemos revisar algunas de las características
del ser humano “normal”.
Podría decirse de éste que “se deja vivir” en lugar de
vivir. Toma la vida como viene sin preguntarse su significado, su valor y su
propósito; se dedica a la satisfacción de sus deseos personales; busca el
disfrute de los sentidos, placeres emocionales, seguridad material o la
consecución de la ambición personal. Si está más maduro, subordina sus
satisfacciones personales al cumplimiento de las diversas obligaciones
familiares y sociales que le son asignadas, pero sin buscar la comprensión de
los fundamentos en que éstas se basan ni de las fuentes de las que proceden.
Probablemente, se considera a sí mismo como “religioso” y creyente, pero
normalmente su religión es externa y convencional, y una vez que se ha adaptado
a los mandatos de su iglesia y compartido sus ritos, cree haber hecho todo lo
que se exige de él. En resumen, su fe operativa tiene como objeto una única
realidad, que es la del mundo que puede ver y tocar y, por ello, está
fuertemente apegado a los bienes materiales. Así pues, a todos los efectos,
considera esta vida como un fin en sí mismo. Su creencia en un “cielo” futuro,
si es que lo concibe, es teórica y académica, como lo prueba el hecho de que
hace todo lo que puede para posponer lo más posible su partida para
disfrutarlo.
Pero puede suceder que este “hombre normal” sea
sorprendido, y también perturbado, por un cambio -súbito o lento- en su vida
interior. Puede ser que ello ocurra después de una serie de desengaños; no es
raro que suceda tras un shock emocional, como el producido por la pérdida de un
familiar querido o de un amigo muy cercano. Pero a veces tiene lugar sin
ninguna causa aparente, y en pleno gozo de buena salud y abundante prosperidad.
El cambio comienza frecuentemente con un sentimiento creciente de
insatisfacción, de carencia, de “que falta algo”. Pero esto “que falta” no es
nada concreto y material; es algo vago y huidizo, algo que es incapaz de
describir.
A esto se añade paulatinamente un sentimiento de
irrealidad y de vacío de la vida ordinaria. Los asuntos personales, que
previamente absorbían gran parte de su interés y de su atención, parecen
retirarse psicológicamente a un plano posterior; pierden su valor y su
importancia. Surgen nuevos problemas. La persona comienza a preguntarse, por
ejemplo, por el sentido de sus propios sufrimientos y los de los demás, y por
la justificación que puede existir para tanta desigualdad en el destino de los
seres humanos.
Cuando una persona ha alcanzado este punto, le falta
poco para comprender e interpretar de manera equivocada su propio estado.
Muchas personas que no entienden el significado de estos nuevos estados de la
mente los consideran como fantasías y divagaciones anormales. Alarmadas por la
posibilidad de un desequilibrio mental, se esfuerzan por combatirlos de varios
modos, haciendo desesperados intentos para volverse a implicar en la “realidad”
de la vida diaria, que les parece que se les está escapando. Con frecuencia, se
lanzan con renovado ardor a la agitación de las actividades externas, buscando
nuevas ocupaciones, nuevos estímulos y nuevas sensaciones. Mediante estos y
otros medios tal vez puedan lograr por un tiempo aliviar su estado alterado,
pero no pueden librarse de él de manera permanente. Continúa fermentando en el
fondo de su ser, socavando los cimientos de su existencia ordinaria, y siendo
susceptible de irrumpir de nuevo con renovada intensidad, tal vez después de mucho
tiempo. El estado de incomodidad y de agitación se hace cada vez más doloroso y
la sensación de vacío interior se vuelve insoportable. La persona se siente
distraída; la mayor parte de las cosas que constituían su vida le parece que se
desvanecen como un sueño, y no surge mientras tanto ninguna nueva luz. Es claro
que todavía ignora que ésta existe o no puede creer que alguna vez le
iluminará.
Con frecuencia sucede que este estado de agitación
interior se vea acompañado por una crisis moral. Su conciencia ética se
despierta o se vuelve más sensible; aparece un nuevo sentido de la
responsabilidad y puede ser que la persona se vea abrumada por un fuerte
sentido de culpa. Se juzga a sí misma con severidad y se convierte en presa de
un profundo desánimo, que puede llegar al extremo de considerar la posibilidad
de suicidarse. Es como si la aniquilación física le pareciera la única
conclusión lógica de su creciente sentido de impotencia y desesperanza, de
desmoronamiento y desintegración.
Lo hasta aquí expuesto es desde luego una descripción
generalizada de tales experiencias. En la práctica, los individuos difieren
ampliamente en sus experiencias y reacciones. Existen muchas personas que nunca
alcanzan este estado agudo, mientras que otras llegan a él casi de repente.
Algunas se ven más acuciadas por dudas intelectuales y problemas metafísicos;
en otras, el rasgo más pronunciado es la depresión emocional y la crisis moral.
Es importante reconocer que estas diversas
manifestaciones de la crisis tienen grandes similitudes con algunos de los
síntomas que se consideran como característicos de los estados neuróticos y de
los estados cercanos a la psicosis. En algunos casos, la intensidad y la
gravedad de la crisis producen también síntomas físicos, como tensión nerviosa,
insomnio y otros desórdenes psicosomáticos.
Por eso es esencial determinar el origen básico de las
dificultades para enfrentarse correctamente con la situación.
En los casos que estamos considerando, sin embargo,
los conflictos se producen entre algún aspecto de la personalidad y las
tendencias y aspiraciones que están paulatinamente emergiendo, de carácter
moral, religioso, espiritual o humanitario. No es difícil detectar la presencia
de dichas tendencias, una vez que su realidad y validez han sido reconocidas,
en lugar de haber sido explicadas como simples fantasías y sublimaciones. De
manera general, la emergencia de las tendencias espirituales puede considerarse
como el resultado de coyunturas decisivas en el desarrollo o crecimiento de una
persona.
LAS
CRISIS CAUSADAS POR EL DESPERTAR ESPIRITUAL
La apertura del canal entre los niveles consciente y
supraconsciente, entre el “yo” y el Yo superior, y el torrente de luz, energía
y gozo que le acompaña, producen una maravillosa liberación. Los conflictos y
sufrimientos anteriores, junto con los síntomas físicos y psicológicos que
generaron, se desvanecen a veces con una espontaneidad sorprendente,
confirmando así el hecho de que no se debían a ninguna causa física, sino que
eran el resultado directo de la lucha interna. En estos casos, el despertar
espiritual equivale a una resolución real.
Pero en otros casos, bastante frecuentes, la
personalidad es incapaz de asimilar correctamente el flujo de luz y de energía.
Esto sucede, por ejemplo, cuando el intelecto no está bien coordinado y
desarrollado; cuando las emociones y la imaginación están descontroladas;
cuando el sistema nervioso es demasiado sensible; o cuando la irrupción de
energía espiritual es abrumadora por su intensidad y su carácter repentino.
Una incapacidad de la mente para soportar la
iluminación o la tendencia a centrarse excesivamente en sí mismo o al
engreimiento pueden producir que la experiencia sea interpretada de manera
errónea o, por así llamarlo, una “confusión de niveles”. En este caso, se
desdibuja la distinción entre verdades absolutas y verdades relativas, entre el
“yo” y el Yo superior; entonces, las energías espirituales que irrumpen pueden
producir el desafortunado efecto de alimentar e inflar el ego personal.
La experiencia interior del Yo espiritual, y su
estrecho vínculo con el yo personal, proporciona una sensación de expansión
interna, de universalidad, y de convicción de participar de alguna manera en la
naturaleza divina. Pueden encontrarse muchos testimonios sobre este tema -y
algunos expresados con términos atrevidos- en las tradiciones religiosas y en
las doctrinas espirituales de todas las épocas. En la Biblia existe la afirmación
explícita: “Os digo que sois dioses y que todos vosotros sois hijos del
Altísimo”. San Agustín declara: “Cuando el alma ama algo adquiere la cualidad
de lo que ama; si son cosas terrenales, se hace terrenal, pero si es a Dios al
que ama, ¿no habría de volverse Dios?”. La expresión suma de la identidad del
espíritu humano en su esencia pura y real con el Espíritu supremo está
contenida en la enseñanza central de la filosofía Vedanta: Tat Tvam Asi (Tú
Eres Eso) y Aham eva param Brahman (En verdad Yo soy el Brama supremo).
Cualquiera que sea la manera de concebir la relación
entre el sí mismo individual, o “yo”, y el Yo universal, tanto si se considera
que éstos son parecidos o desiguales, diferenciados o unidos, es esencial
reconocer con claridad, y tener siempre presente en la teoría y en la práctica,
la diferencia que existe entre el Yo en su naturaleza esencial -que se ha
llamado la “Fuente”, el “Centro”, el “Ser profundo”, nuestro “Apex” -y el
pequeño sí-mismo o “yo”, habitualmente identificado con la personalidad
ordinaria de la que normalmente somos conscientes. El descuido de esta
distinción esencial conduce a consecuencias absurdas y peligrosas.
La distinción proporciona la clave de una comprensión
del estado mental y de otras formas extremas de auto-exaltación y
auto-glorificación. El error fatal de los que caen víctimas de estas ilusiones
es atribuir al yo personal las cualidades y los poderes del Yo transpersonal o
Yo superior. En términos filosóficos, existe un caso de confusión entre la verdad
absoluta y la verdad relativa, entre los niveles empíricos y los niveles
trascendentes de la realidad. No son raros los casos de este tipo de confusión
entre las personas que quedan deslumbradas por el contacto con verdades
demasiado amplias o energías demasiado poderosas para que sus capacidades
mentales puedan captarlas y su personalidad sea capaz de asimilarlas. El lector
podrá sin duda recordar casos de autoengaños similares, que se dan en bastantes
seguidores fanáticos de diversos cultos.
En dichas situaciones es claro que constituye una
pérdida de tiempo discutir con la persona en cuestión o ridiculizar su
aberración; esto sólo serviría para suscitar su oposición y su resentimiento.
Lo mejor es ser conciliador y, admitiendo la verdad de su creencia en última
instancia, señalarle la naturaleza de su error y ayudarle a aprender cómo
distinguir los diferentes niveles.
También existen casos en los que la irrupción súbita
de energías produce un trastorno emocional que se expresa mediante un
comportamiento incontrolado, desequilibrado, y perturbado. Esta forma de
respuesta se caracteriza por gritos y llantos, el canto y otras explosiones de
diversas clases. Si la persona es activa e impulsiva, puede que sea impulsada
fácilmente por el estímulo del despertar espiritual a jugar el papel de profeta
o salvador; quizá descubra una nueva secta e inicie una campaña espectacular de
proselitismo.
En algunas personas sensibles se produce un despertar
de percepciones psicológicas. Tienen visiones, que ellas atribuyen a seres
superiores; tal vez oigan voces o empiecen con la escritura automática,
aceptando sus mensajes al pie de la letra y obedeciéndolos sin reservas. La
cualidad de tales mensajes es extremadamente variada. Algunos contienen
acertadas enseñanzas; otros son muy pobres o carecen de sentido. Habría que
examinarlos siempre con gran sentido de la discriminación y un juicio prudente,
y sin ser influenciados por su origen extraordinario o por ninguna pretensión
del supuesto transmisor. No se debe atribuir ninguna validez a los mensajes que
contienen órdenes precisas o que exigen obediencia ciega, ni a los que tienden
a exaltar la personalidad del receptor.
LAS
REACCIONES POSTERIORES AL DESPERTAR ESPIRITUAL
Como ya se ha dicho, un despertar interior armonioso
se caracteriza por un sentimiento de alegría y de iluminación mental que
conlleva una introspección en el sentido y el propósito de la vida; despeja
muchas dudas, ofrece la solución a muchos problemas, y proporciona una base
interna de seguridad. Al mismo tiempo, hace brotar la comprensión de que la
vida es una, y a través de la persona fluye una efusión de amor hacia sus
semejantes y hacia toda la creación. La personalidad previa, con sus aristas y
rasgos desagradables, parece retirarse al fondo, y un nuevo individuo amoroso y
encantador nos sonríe y sonríe al mundo entero, deseoso de ser amable, de
servir, y de compartir sus recién adquiridas riquezas espirituales, cuya
abundancia le parece casi demasiado grande para poder contenerla.
Este estado de exaltación puede durar un período más o
menos largo, pero acaba por remitir. Como todo en el universo, la irrupción de
la luz y del amor es rítmica. Tras un tiempo, ésta disminuye o cesa, y al flujo
le sigue un reflujo. La personalidad fue inspirada y transformada, pero rara
vez su transformación es permanente o completa. Lo más frecuente es que una
gran parte de los elementos de la personalidad vuelvan a su estado anterior.
Este proceso se clarifica cuando observamos la
naturaleza de la experiencia cumbre en términos de energías y de niveles de
organización. La mayoría de las experiencias espirituales contienen, en grados
diferentes, una combinación de cambios permanentes, cambios temporales, el
reconocimiento de los obstáculos que han de ser superados, y la toma de
conciencia existencial de cómo es vivir en este nivel superior de integración.
Es esta toma de conciencia la que se convierte entonces en un modelo ideal, en
un faro luminoso hacia el que se puede navegar y que uno puede alcanzar después
por sus propios medios.
Pero experimentar la retirada de las energías
transpersonales y la pérdida del estado exultante de ser es por fuerza doloroso
y, en algunos casos, es susceptible de producir fuertes reacciones y
perturbaciones graves. La personalidad se vuelve a despertar y se reafirma con
una fuerza renovada. Todas las rocas y la basura que habían sido cubiertas y
disimuladas por la pleamar vuelven a emerger. A veces sucede que estas
tendencias y conductas, que hasta entonces dormían en el inconsciente, son
revitalizadas por la irrupción de energías superiores, o que se rebelan
amargamente contra las nuevas aspiraciones y propósitos, que constituyen un
desafío y una amenaza a su expresión incontrolada. La persona cuya conciencia
moral se ha vuelto ya más precisa y sutil, cuya sed de perfección se ha hecho
más intensa, juzga y condena con gran severidad su propia personalidad con más
vehemencia; es susceptible de albergar la creencia errónea de haber caído más bajo
de lo que estaba al principio.
A veces, la reacción de la personalidad es tan intensa
que llega a producir que la persona niegue el valor, e incluso la realidad, de
su reciente experiencia. Las dudas y la crítica penetran su mente, y está
tentada a considerar todo el asunto como una ilusión, una fantasía, o como una
intoxicación emocional. La persona se vuelve ácida y sarcástica, se ridiculiza
a sí misma y a los demás, e incluso vuelve la espalda a sus aspiraciones e
ideales más elevados. Pero aunque lo intentase, no puede volver a su antiguo
estado; ha tenido la visión, y su belleza y poder de atracción permanecen con
ella a pesar de sus esfuerzos para suprimirlos. No puede aceptar la vida
cotidiana como era antes o estar satisfecha con ella. Le asalta una
"nostalgia de lo divino" que no le permite estar en paz.
La manera apropiada de tratar con alguien que
atraviesa este tipo de crisis consiste en proporcionar a la persona una
comprensión auténtica de la naturaleza de su crisis. Es como si hubiera realizado
un soberbio vuelo a la cumbre de la montaña, se hubiera dado cuenta de su
esplendor y de la belleza del panorama que se extiende a sus pies, pero hubiera
sido bajado a su pesar, con la triste convicción de que el sendero hasta la
cumbre tiene que ser recorrido paso tras paso. El reconocimiento de que este
descenso -o “caída”- es un acontecimiento natural proporciona un alivio
emocional y mental, y anima a la persona a emprender la ardua tarea de
enfrentarse al sendero de la verdadera autorrealización. Al final, la crisis se
supera con la toma de consciencia de que el valor auténtico y más profundo de
la experiencia es que ésta ofrece, como ya he dicho, una “visión tangible” de
un estado de ser superior y, por lo tanto, un mapa, un modelo ideal hacia donde
se puede caminar, y que puede convertirse entonces en una realidad permanente.
EL
PROCESO DE TRANSMUTACIÓN
Esta fase viene después de que se reconoce que las
condiciones necesarias que han de cumplirse para el logro superior de la
autorrealización son la total regeneración y transmutación de la personalidad.
Es un proceso largo y a muchos niveles que abarca diferentes fases: la
eliminación activa de los obstáculos a la irrupción y actividad de las energías
supraconscientes; el desarrollo de funciones superiores que han permanecido
dormidas o no desarrolladas; y períodos en los que se puede dejar que el Yo
superior actúe, estando receptivos a que él nos guíe.
Es un período muy azaroso y gratificante, repleto de
cambios en los que se suceden la luz y la oscuridad, la alegría y el
sufrimiento. Es un período de transición, una salida de la vieja condición sin
haber alcanzado todavía firmemente la nueva; una fase intermedia en la que,
como acertadamente se ha dicho, la persona se encuentra como una crisálida
atravesando el proceso de transformación hacia la mariposa alada. Pero, en
general, el individuo no cuenta con la protección de un capullo para llegar al
final del proceso de transformación encerrado y en paz. Debe permanecer en el
lugar que ocupa en la vida -y esto sucede así, especialmente en los tiempos que
vivimos- y tiene que continuar cumpliendo con sus obligaciones familiares,
profesionales y sociales lo mejor que pueda. Su problema sería parecido al de
un ingeniero que tuviera que reconstruir una estación de tren sin interrumpir
el tráfico.
A pesar de los retos de la tarea, a medida que va
haciendo el trabajo, es consciente del progreso paulatino y creciente. Su vida
está inspirada por la sensación de que tiene un sentido y un propósito, y las actividades
ordinarias son revitalizadas y ennoblecidas por la toma progresiva de
consciencia de estar situadas en un plan más amplio. A medida que pasa el
tiempo, adquiere un reconocimiento más claro y completo de la naturaleza de la
realidad, del ser humano, y de su propia naturaleza superior. Comienza a
desarrollar un marco conceptual más coherente que le permite entender mejor lo
que observa y vive, y que le sirve, no sólo como medio para guiarse hacia un
conocimiento ulterior, sino también como fuente de serenidad y orden en medio
de las circunstancias cambiantes de la vida. Como consecuencia, experimenta una
maestría cada vez mayor en tareas que le parecían previamente superiores a sus
fuerzas. Actuando cada vez más desde un centro superior unificado de la
personalidad, armoniza los elementos diversos de su personalidad en una unidad
progresiva, y esta integración más completa le aporta mayor eficacia y más
alegría.
Durante un largo período de tiempo, éstos son los
resultados que generalmente se observan a partir de un proceso de transmutación
de la personalidad bajo el impulso de las energías supraconscientes. Pero el
proceso no se desarrolla siempre con tranquilidad absoluta. Y esto no es
sorprendente, dadas las tareas complejas que implican rehacer la personalidad
en medio de las circunstancias de la vida ordinaria. Como regla general, casi
siempre se atraviesan algunas dificultades, y pueden observarse fases
temporales en las que se manifiesta justamente lo contrario de lo que acabo de
describir.
Esto ocurre con frecuencia inmediatamente después de
que ha pasado la marea de exaltación, y la persona emprende la doble tarea
simultánea de auto-transformarse y de enfrentarse a las numerosas demandas de
la vida cotidiana. Aprender a utilizar las energías de este modo toma un
tiempo, y puede ser que pase un largo período antes de que puedan realizarse
estas dos tareas de una manera equilibrada, y de que sean reconocidas al final
como una sola. En consecuencia, no es sorprendente encontrarse con etapas en las
que la persona está tan dedicada a su proceso de auto-transformación que su
capacidad para enfrentarse con éxito a los problemas y actividades de la vida
normal parece haber disminuido. Si se observa desde fuera y se juzga desde unos
parámetros ordinarios de eficacia, puede parecer que es menos eficaz que antes.
Durante esta fase transitoria, puede que le lluevan juicios injustos por parte
de amigos y terapeutas bienintencionados pero no iluminados, y tal vez se
convierta en blanco de observaciones punzantes y sarcásticas acerca de sus
“nobles” ideales espirituales y aspiraciones, volviéndole débil e ineficaz en
la vida práctica. Este tipo de críticas suele ser muy doloroso, y su influencia
puede suscitar dudas y desánimo.
Estos juicios constituyen una de las pruebas que tal
vez haya que enfrentar en el sendero de la autorrealización. Su valor reside en
el hecho de que proporcionan una lección para superar la sensibilidad personal,
y son una ocasión para desarrollar sin resentimiento la independencia interior
y la auto-confianza. Deben ser aceptados con alegría, o al menos con serenidad,
y utilizados como una oportunidad para desarrollar la fortaleza interior.
Con el tiempo, esta fase desaparece y la persona
aprende a dominar su doble tarea y a unificarla. Pero cuando no se reconocen y
se aceptan las complejidades de la tarea, las tensiones naturales del
crecimiento que conlleva el proceso pueden verse exacerbadas, durar largos
períodos de tiempo, o volver una y otra vez con una frecuencia innecesaria. Esto
ocurre sobre todo cuando la persona se dedica demasiado a su proceso de
auto-transformación, excluyendo el mundo exterior con una introversión excesiva
y unilateral. Los períodos de sana introversión son naturales en el crecimiento
humano. Pero si se llevan al extremo o se prolongan en una actitud general de
retirada de la vida del mundo, la persona puede atravesar muchas dificultades,
no sólo con amigos, compañeros de trabajo y familiares, impacientes y críticos,
sino también por dentro, ya que la introversión natural se convierte entonces
en auto-obsesión.
Pueden surgir dificultades parecidas si la persona no
se enfrenta con los aspectos negativos de sí misma revelados en el proceso del
despertar espiritual. En lugar de transmutarlos, puede huir de ellos mediante
fantasías internas de haber alcanzado la perfección o mediante soluciones
imaginarias. Pero el reconocimiento suprimido de sus imperfecciones reales
sigue persiguiéndole, y los que le rodean contradicen sus fantasías. Bajo el
estrés de esta dualidad es probable que la persona sucumba a una serie de
desarreglos psicológicos, como insomnio, depresión emocional, agotamiento,
aridez, agitación mental y ansiedad. A su vez, éstos pueden provocar toda clase
de síntomas y de perturbaciones físicas.
Muchos de estos desórdenes pueden reducirse en gran
medida, o ser eliminados totalmente, continuando el proceso de crecimiento con
energía, dedicación y celo, pero sin identificarse con él. Este cultivo de un
compromiso desidentificado proporciona a una persona la flexibilidad necesaria
para el cumplimiento óptimo de su tarea. El individuo puede en este caso
aceptar las tensiones necesarias del nuevo y complejo proceso; puede negarse a
caer en la auto-compasión originada por el perfeccionismo frustrado; puede
aprender a mirarse a sí mismo con humor y estar dispuesto a experimentar
cambios y a arriesgarse; puede cultivar una paciencia alegre; y puede acudir en
busca de ayuda y guía a personas competentes, sean terapeutas profesionales,
consejeros o amigos sensatos, aceptando sus limitaciones momentáneas.
Otras dificultades pueden venir de un esfuerzo
personal excesivo para acelerar realizaciones superiores mediante la inhibición
y la represión forzadas de los comportamientos agresivos y sexuales. Intento
que sólo sirve para producir la intensificación de los conflictos y sus
efectos.
Estos conducen a la reprobación de los comportamientos
naturales como “malos” o “pecaminosos”. Puede ser que manifiesten oscilación o
ambivalencia entre dos actitudes extremas: la supresión rígida, o la expresión
incontrolada de cualquier tipo de comportamiento. Esta última actitud, aunque
es catártica, no es una solución aceptable desde el punto de vista ético ni
psicológico. Produce inevitablemente nuevos conflictos entre los diversos
comportamientos básicos, o entre éstos y los límites impuestos por las
convenciones sociales y por las exigencias de las relaciones interpersonales.
La solución reside más bien en una reorientación
paulatina y en una integración armoniosa de todos los comportamientos de la
personalidad; en primer lugar, mediante su propio reconocimiento, aceptación y
coordinación y, después, mediante la transformación y la sublimación de la
parte de energía sobrante o no utilizada.
Una última dificultad, que merece ser mencionada,
puede presentársele a una persona durante los períodos en los que el flujo de
energías supraconscientes es constante y abundante. Si no se controla con
sensatez, este flujo de energía puede desbordar en una excitación y actividad
febriles o, por el contrario, puede retenerse sin ser utilizada ni expresada,
de manera que, al acumularse, su excesiva presión puede causar problemas
físicos. La solución apropiada es dirigir estas energías de manera voluntaria,
constructiva y armoniosa hacia el trabajo de regeneración interior, la
expresión creativa y el servicio útil.
EL
PAPEL DEL GUÍA
Estos son tiempos en los que cada vez más personas
están viviendo un despertar espiritual. Por ello, puede ser que terapeutas,
consejeros, profesionales del campo de los servicios, así como personas no
profesionales pero bien informadas, sean requeridas para actuar como guías y
puntos de apoyo de las personas que atraviesan un despertar espiritual. Puede
ser útil por esto considerar el papel de los que puedan encontrarse cerca de
cualquiera de ellas y algunos de los problemas que pueden surgir.
En primer lugar, es importante permanecer consciente
de un hecho esencial: mientras que los problemas que se producen durante las
diferentes fases de autorrealización puedan ser externamente muy similares a
los de la vida ordinaria, y, a veces, parecer idénticos, sus causas y
significado son muy diferentes; en consecuencia, la manera de enfrentarse con
ellos debe ser también diferente. En otras palabras, la situación existencial
en ambos casos no sólo no es la misma, sino que en algún sentido es la
contraria.
Las dificultades psicológicas de la persona ordinaria
tienen generalmente un carácter regresivo. Las sufren las personas que no han
sido capaces de realizar alguno de los imprescindibles ajustes internos y
externos que forman parte del desarrollo normal de la personalidad. En
respuesta a situaciones difíciles, regresan hacia modos de comportamiento
adquiridos en la infancia, o bien nunca han crecido realmente más allá de
ciertos patrones infantiles, aunque no sean reconocidos como tales.
Por otro lado, una guía con orientación espiritual, o
que posea al menos una comprensión y una actitud de simpatía respecto a los
logros y realidades superiores, puede ser de gran utilidad cuando una persona
se halla en la primera etapa -lo que suele ser el caso más frecuente- de
insatisfacción, inquietud y de tanteo inconsciente. Si ésta ha perdido su
interés por la vida, si la existencia cotidiana no le atrae, si está buscando
alivio en dirección equivocada, recorriendo callejones sin salida, y si no ha
tenido todavía una vislumbre de la realidad superior, la revelación de la causa
real de su trastorno y la indicación de la solución esperada -de la salida
acertada de la crisis- pueden ayudar enormemente a producir el despertar
interior que, en sí mismo, constituye la parte esencial de la resolución.
La segunda fase, la de excitación o entusiasmo
emocional que el individuo implicado puede manifestar con un apasionamiento
excesivo, acariciando la ilusión de haber llegado a una realización permanente,
exige una advertencia “diplomática” de que su estado de beatitud es
forzosamente temporal; hay que indicarle las vicisitudes que tiene todavía que
atravesar en su camino. Esto le preparará para la aparición de la reacción
inevitable de la tercera etapa, que implica frecuentemente, como ya hemos
dicho, una reacción dolorosa y, a veces, una profunda depresión, cuando la
persona “sufre el bajón” de su experiencia superior. Si ha sido prevenida con
anterioridad, se evitará mucho sufrimiento, dudas y desánimo. Cuando no ha
tenido la ventaja de haber sido advertida, el guía puede proporcionar mucha
ayuda asegurándole que su estado es temporal y en absoluto permanente o
desesperado, como puede estar inclinada a creer. El guía debe perseverar en
informarle de que el resultado gratificante de la crisis compensa la angustia
que está sufriendo, por intensa que ésta sea. Se le puede proporcionar un gran
alivio y aliento citando ejemplos de muchas personas que han pasado por una
situación difícil similar y han salido de ella.
En la cuarta etapa, durante el proceso de
transmutación -que es el más largo y difícil- el papel del guía es más
complicado. Algunos aspectos importantes de su labor son:
- Aclarar a la persona lo que realmente está
ocurriendo dentro de ella, y ayudarle a encontrar la actitud justa que debe
adoptar.
- Enseñarle a controlar y dominar sabiamente los
comportamientos que surgen del inconsciente, mediante la utilización experta de
la voluntad, sin reprimirlos temiéndolos o condenándolos.
- Enseñarle las técnicas de transmutación y
sublimación de las energías sexuales y de las energías agresivas.
- Ayudarle a reconocer y a asimilar correctamente las
energías infundidas desde el Ser y los niveles supraconscientes.
- Ayudarle a expresar y a utilizar dichas energías con
amor y en servicios altruistas. Esto es particularmente valioso para
contrarrestar la tendencia a la introversión y a un excesivo egocentrismo que
se produce frecuentemente en ésta y otras fases del auto-desarrollo.
- Guiarle a través de las distintas fases de
reconstrucción de la personalidad alrededor de un centro interno superior, es
decir, de la realización de su psicosíntesis espiritual.
A lo largo de este artículo he subrayado el aspecto
más doloroso y difícil del desarrollo espiritual, pero no debería deducirse de
ello que los que están en el camino de la autorrealización sean más propensos a
verse afectados por trastornos psicológicos que los demás hombres y mujeres.
Con frecuencia no se da la etapa del sufrimiento más intenso. El desarrollo de
muchas personas se lleva a cabo de un modo armonioso, de manera que se superan
las dificultades internas y se atraviesan las diferentes etapas sin que se
produzcan reacciones graves de ninguna clase.
Por otra parte, los desórdenes emocionales o los
síntomas neuróticos del hombre y de la mujer ordinarios suelen ser más graves,
profundos y difíciles de sobrellevar para ellos, y de tratar para los
terapeutas, que los relacionados con la autorrealización. Frecuentemente es
difícil enfrentarse a ellos satisfactoriamente -cuando no han sido todavía
activados los niveles y funciones psicológicas superiores de estas personas-
porque no hay muchos puntos de referencia a los que se pueda recurrir que
estimulen el hacer los sacrificios necesarios o aceptar la disciplina requerida
para producir los ajustes imprescindibles.
Los problemas físicos, emocionales y mentales que
surgen en el camino de la autorrealización, por graves que puedan parecer, son
simples reacciones temporales, subproductos -por llamarlos de alguna manera- de
un proceso orgánico de regeneración y de crecimiento internos. Por lo tanto, o
bien desaparecen de manera espontánea, cuando termina la crisis que los ha
producido, o bien remiten con facilidad con tratamiento adecuado. Además, los
sufrimientos causados por períodos de depresión y por la disminución de la vida
interior se ven abundantemente compensados por períodos de irrupción renovada
de energías supraconscientes, y por la previsión de la liberación y del
robustecimiento de toda la personalidad que produce la autorrealización. Esta
visión constituye una poderosa inspiración, una inefable calma y una fuente
inagotable de fuerza y valor. Por eso, como ya hemos dicho, es muy útil dar una
importancia especial a recordar esa visión lo más vívida y frecuentemente que
sea posible. Uno de los mayores servicios que podemos hacer a los que luchan en
el camino es ayudarles a conservar siempre presente ante sus ojos la visión de
la meta.
De este modo se puede tener una visión de antemano y
un anticipo del estado de consciencia del Yo autorrealizado. Es un estado de
consciencia caracterizado por la alegría, la serenidad, la seguridad interna,
un sentimiento de poder tranquilo, una comprensión clara y un amor radiante. En
sus aspectos superiores es la realización del Ser esencial, de la comunión y de
la identificación con la Vida Universal.
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Desarrollado por Alfredo Marinelli para el Blog
“Gurdjieff y Ouspensky – Estudio e Investigación”. Fuente de información
"El poder Curativo de la Crisis" de Stanislav Grof.